La lluvia nuestra de cada día...
Llevamos así una semana. Por las mañanas, el sol va dorando poco a poco las pieles blancas, como la mía. Y luego, quema. Y luego, un poco más tarde, sofoca y envuelve. La mayor parte de los días el cielo está despejado, azul (no "azul Valencia", pero casi), con algunas nubes hermosas y rotundas, como casi todo en Brasil.
Pero de pronto, después de comer, aparecen algodones color gris oscuro y una intuye primero y confirma enseguida que vienen cargadas de agua. El viento cálido se convierte en un empujón de aire fresco y muy húmedo que me energiza de pies a cabeza. Suelo salir a la terraza (porque estos días estoy en casa a esa hora) y respiro honda y profundamente para llenarme por dentro. El gris acaba por teñir del todo el cielo y aumenta el frío, la humedad y la energía.
Cuando la lluvia comienza a caer, lo hace con la misma intensidad y grandeza que toda la naturaleza tiene en este país. Nunca es una lluvia solitaria, son muchas, son millones de lluvias cayendo al mismo tiempo. El olor a mojado, a tierra empapada y viva, es tan intenso que a veces dan ganas de llorar. La brutalidad del agua es como un latigazo en el cuerpo, y en ese momento creo que todo es posible, que yo soy capaz de todo, que la vida sólo comienza y que aquello que se ha ido volverá.
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