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Mariácora

La idiotez en el amor

Por María José Membrado García (Periodista, mujer e idiota ocasional)

 

¿Tiene cura? ¿Cuándo puede considerarse inmadurez y cuándo, idiotez? ¿A partir de qué hecho puntual la idiotez puede desaparecer? ¿Por qué esa clase de idiotez se da en muy pocos hombres?...

 Esta vez sí, he encontrado al amor de mi vida. No hay nadie mejor, es la persona con la que tanto he soñado. No podré vivir sin él… La mayoría de las rubias, morenas, bajas y altas que poblamos la Tierra hemos pensado, dicho, llorado y, lo que es peor, creído, alguna de esas frases, en algún momento de nuestra vida.

No voy a utilizar la palabra idiota en su significado formal, sino a esa sensación que a muchas, ¿la mayoría?, nos invade y obnubila cuando, al enamorarnos, idealizamos hasta los calcetines del ser amado. Podríamos decir, entonces, que la idiotez en el amor consistiría en la asunción, como propia y verdadera, de la filosofía central de los cuentos de hadas: Nada importa realmente hasta que conoces al príncipe con el que serás feliz para siempre (y si, además, eres rubia y de ojos azules….¡bingo!).   

La idiotez (en el amor, no se olviden) tiene otros “ayudantes”, como los padres, las amigas, los medios de comunicación… y también, digo yo, esas canciones tontas, románticas, que decían cosas como “sin ti no puedo vivir”, “no te alejes de mí”, “morir de amor”… Canciones que muchas nos empeñamos en escuchar en plena adolescencia (craso error, teniendo en cuenta que se trata del momento en que nos sentimos más vulnerables), con las que nos deleitábamos, además, con alevosía y nocturnidad. Eso sí, y rompo una lanza en mi favor y en la de mis compañeras: afortunadamente, también escuchábamos música muchísimo menos cursi y dulzona, lo que nos ha servido para impedir que la idiotez invadiera por completo nuestro ser. 

¿Las canciones educan de forma diferente a chicas y chicos? ¿La educación sentimental que reciben las adolescentes a través de cierta música ayudó y ayuda aún a perpetuar la idiotez que muchas sufrimos en el amor? El Centro del profesorado y de recursos de Gijón (España) elaboró una serie de unidades didácticas para trabajar con alumnos de cuarto año de secundaria la importancia de la educación para erradicar, entre otros problemas sociales, el sexismo. Profesores y alumnos analizaron alrededor de veinte canciones (entre ellas, “Sin ti no soy nada”, del grupo Amaral; y “Te vas”, de Luis Fonsi). Los resultados de este análisis (plasmados en un documento llamado “La educación sentimental a través de las canciones de amor”) muestran, entre otras cosas, que a las alumnas les gusta escuchar cosas como “sin ti no soy nada”, se sienten identificadas con la cantante y desearían que les dijeran lo mismo. Sin embargo, los alumnos, ni se sienten identificados con los cantantes masculinos de canciones de amor, ni les gustan, e incluso “les da vergüenza hasta leer la letra”. 

Entonces, ¿es educacional, genético, hormonal…? ¿Todo junto? ¿Nada de eso? ¿Se es idiota en el amor sólo, o se es idiota también en todas las demás áreas de la vida? ¿Y qué pasa con los hombres idiotas en el amor? ¿Son fáciles de encontrar? Pues hace escasamente dos semanas conocí a un joven de 32 años que, para mi asombro (disimulado, eso sí), al preguntarle por su relación terminada hacía poco, me respondió: “Pues estoy mejor… Es que cuando me enamoro, enseguida veo a esa mujer como la madre de mis hijos y claro, luego terminan conmigo y sufro mucho…”  Mientras él terminaba su frase con rostro desolado, yo terminé de tragar como pude el último bocado de mi sándwich y sólo alcancé a balbucear: “Claro, claro…”. Entenderán que escuchar esto, por primera vez de boca de un hombre, a los 39 años, no es moco de pavo....

Tengo una amiga que acaba de caer en la trampa (lo digo así porque decir que mi amiga es idiota no quedaría muy bien, pero ustedes me entienden…). Ni ella y ni yo estamos en la edad del pavo; ambas hemos superado varias decepciones amorosas; y hace tiempo que conocemos de cerca, y en la práctica, lo que significa la ley de la gravedad. Pero ella acaba de encontrar el “amor de su vida”, sin el que no concibe pasar el resto de sus días; ese amor que, dice, reconoce perfectamente como verdadero porque sólo lo ha sentido igual una vez más en su vida…  He intentado explicarle esta teoría mía pero me ha mandado a freír espárragos, así que no tengo más remedio, como amiga, que seguir a su lado este proceso de inmersión total en la idiotez. Hasta que la realidad muestre a este rey de corazones tal y como es, o hasta que la fiebre remita, por llamarlo de alguna manera. O hasta que yo deba reconocer mi propia y suprema idiotez, esta vez sí más parecida a su significado real, y darle la razón con una frase hermosa de Goethe: “Las grandes pasiones son enfermedades incurables”.     

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